La inseguridad se mide por los muertos y a veces por la alevosía con que caen estos. Nadie piensa que las decenas de pibes que nacen en la marginalidad todos los días serán el problema de la inseguridad del mañana.
Porque la inseguridad no es un problema de la Policía, de nada sirve cambiar comisarios -ocho fueron movidos ayer en Mendoza- si cada día se suman decenas de personas al grupo que vive de lo que puede robarse. Y mucho menos se puede hacer cuando cada vez son más los que están dispuestos a desenrajar un tiro contra otra persona por dos pesos.
Hay un ejemplo alejado de nuestra realidad y que es válido para entender ciertas cosas: nunca hubo tantos atentados en el mundo como después de la brutal represión lanzada por los líderes occidentales tras la caída de las torres gemelas en Nueva York. La represión sirve cuando se le aplica a gente que teme de la misma. De qué sirve llenar de policías las calles, dotarlos con armamento última generación y ordenarles matar a mansalva a todo lo que parezca delincuente si los que realmente lo son lo único que tiene para perder es la vida.
El que roba a mano a armada está dispuesto a morir. Después de todo, roba para sobrevivir. Si no roba, se muere. Si roba, por ahí lo matan. Pero tal vez no lo matan y entonces vive un día más.
En una provincia en la que la dirigencia dejó crecer la pobreza al mismo ritmo que crecieron las inversiones en bodegas y el turismo. En la provincia en la que crecen más las villas que los hoteles de cinco estrellas, aunque nos quieran vender que Mendoza es cinco estrellas. Acá, un maestro y su familia son pobres. Igual que el 50% de los alumnos.
El problema es mucho más serio de lo que los políticos dicen y los vecinos creen.
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