Desde el incendio de Cromañón, la cultura rock argentina ha sido tan bastardeada –por propios, extraños y detractores- como nunca antes. Ni siquiera cuando los milicos perseguían a los hippies de pelo largo el rock nacional fue tan amenazado.
Resulta que ahora los pibes del rock son de la sociedad. Sus vidas valen. Mierda. Todo mierda. Y mierda los que bien intencionadamente se suman a los fascistas que nos desprecian por ser del palo. Nos despreciaban mejor dicho. Ahora, los despreciables de remera negra, narices rotas y pulmones caldeados por el calor del cannabis son funcionales a su causa. Son el futuro de la Patria, dicen, sobre los mismos pibes a los que unas horas antes de que se murieran decían que había llevárselos presos por drogones.
Culpa de Cromañón y gracias a los mártires del rock, muy probablemente Mauricio Macri va a gobernar la Ciudad de Buenos Aires. Con él, un producto de los negociados que provocan miles de muertos de hambre en Argentina, hay otros, como Santiago de Estrada: funcionario de Onganía y de Videla. Ellos -y un señor Iglesias, socio de Beraja- son hoy por hoy los defensores del palo. Por Dios.
Amigos, hay una confusión. El rock debe resolver dentro de sus reglas estas cuestiones. Vistas desde afuera, desde la ley, no servirá para nada. Si el rock le pide respuestas a la Justicia –a la corporación de los de toga-, el rock está terminado. El palo se caga en la ley, es la escencia. Si algo está prohibido, ahí estamos los rockeros para violar la prohibición. Si eso cambia, el rock como cultura se muere. Y me temo que asistimos al peor intento en ese sentido de la historia. El rock no es un hecho artístico, es una cultura. Y es una cultura under. A nadie se le ocurriría dejar tocar a Callejeros o los Divididos en el Colón. No por la calidad de los músicos, sino por la bajeza de los espectadores. No son generales genocidas, ni empresarios transeros. Son el palo, no la Nación. Y si eso cambia, se muere el rock como cultura.
Quizás sumiendo al rock en la ley se eviten tragedias como la de Cromañón. Pero será la defunción definitiva del palo.
Eso no va a pasar. Por el bien de las esperanzas, de los buenos, de los que no hacemos las leyes sino que las violamos. Por el bien de los que no pedimos por la ayuda de la policía, sino que le tiramos piedras a los de uniforme. Por el bien de los que a las trompadas, arriesgando la vida, casi siempre, nos negamos a acatar. De los que decidimos meternos miles de gramos de cocaína en la nariz, aunque la policía la prohíbe y nos persigue. De los que preferimos morirnos como nos gusta antes de vivir como a ellos les gustaría: sirviéndolos.
Larga vida al rock and roll. Al de las drogas, de las bengalas, de las nenas de minifalda, del riesgo permanente. En fin, a la cultura de la revolución. Desde afuera, no se ve, no se entiende. Lo siento por ellos, por los que no son capaces de arriesgar la vida por nada, aunque nada sea mejor que todo lo que hagan en sus aburridas y sumisas vidas.
(Este es un humilde homenaje a todos aquellos que arriesgan la vida -a los que la perdieron y a los que no- nada más que para vivir)
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