El güevonismo quiere usar el Estado para suplir su propia incapacidad de ser padre y el hijoputismo le sigue la corriente, después de todo es el único grupo que no quiere llevarse nada.
La noche de Mendoza otra vez está amenazada por la discusión mediática que está dando el güevonismo con el hijoputismo, dos bandos que suelen acompañarse en cruzadas cínicas. El armado es sencillo: un grupo de viejos güevones, burgueses (de cabeza, no billetera) y asustados bien aprovechado por funcionarios de alto o bajo rango que se encargan de confundir todo para no contar quién se lleva la guita están a la caza de la diversión de los pibes.
“Que los boliches cierren a las cuatro”, vociferan agudas gargantas de mamás preocupadas que pululan los medios y los despachos oficiales en busca de instalar que el problema más grave de la provincia es que los chicos (sus hijos) se emborrachan los fines de semana, cuando salen a bailar.
“Que no les vendan alcohol a los menores”, dice un papá seguro de que está cumpliendo con creces la responsabilidad sobre su hija.
Una señora semianalfabeta y ultraconservadora añade: “Hay que terminar con la noche, con el alcohol, el cigarrillo y las drogas”.
Un funcionario municipal de segunda línea completa: “Las drogas están haciendo estragos en nuestros chicos” y un senador abunda en los cargos contra las drogas en general: “Todos los delincuentes van a robar drogados, así matan. Hay que poner penas más elevadas para los vendedores e internar por el tiempo suficiente a los que consumen”.
En el mismo lodo, todos revolcaos
Cuando la confusión se concretó, todo da igual. Un pibe que se fuma un porro el viernes en la noche por que le gusta y un adicto perdido son lo mismo. Y la culpa es de la noche.
Las drogas, el alcohol, la noche y todos los imputados de esta discusión son mudos. No se pueden defender. Ni siquiera decirles a sus acusadores que ellos son el problema. “Estamos, nos tomas o dejas”, si tan sólo les dejaran decir eso la discusión podría cambiar.
Y el güevonismo entendería, si todo fuera lógico, que la culpa de que sus hijos no vivan como ellos quieren no es de la noche, ni de la droga, ni del alcohol, sino de cómo se desarrolló la sociedad, con ellos arriba.
Canalizar la frustración personal en prohibiciones a los hijos es una patología seria. El güevonismo quiere usar el Estado para suplir su propia incapacidad de ser padre y los que manejan el Estado usan al güevonismo, después de todo son los únicos que no quieren llevarse nada.
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