Las veredas del centro de San Martín son tierra de nadie. Sobre ellas no impera la lógica ni la Justicia, la ley es la que impone el más fuerte.
La comuna promete limpiar los frentes de los negocios, los dueños de estos le cortan la manga y cada vez sacan más cosas a la vereda, mientras los pocos espacios que dejan libres son ganados por ambulantes. El microcentro es un persa a cielo abierto, atravesado por calles con tránsito tupido y lleno de díscolos ciclistas que circulan entre las ofertas de la vereda aterrorizando a los indefensos peatones.
En el hondo bajo fondo, unos pocos empresarios ganan plata y el resto de los vecinos de San Martín se joden. Pero hasta donde el barro se subleva no baja nadie con poder de resolver un problema crónico, como es la estafa diaria que se comen los vecinos que necesitan o eligen usar el espacio público de la ciudad. Y cuando algún cabezón baja al fondo de la cuestión se asfixia en la densidad del barro.
Las veredas del centro son ocupadas por muebles, bicicletas, motos, cuatriciclos, camas, cuchetas, cubiertas de auto, piletas de plástico y más: bombachas, corpiños, calzoncillos, todo con primeras marcas pintadas o cocidas casi siempre desprolijamente. También las veredas venden teléfonos, planes de tele satelital y banda ancha. Y todos los kioscos sacan mesas a la vereda, como los bares y confiterías, aunque entre estos últimos negocios, los que se encuentran sobre calle Boulogne Sur Mer violan cualquier legislación y criterio de buen gusto: los negocios se prolongan hasta la orilla de la calle con toldos berretas que obligan a los transeúntes a atravesar puertas en la vía pública.
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