Como la dictadura hacía con los peones del genocidio, la democracia se toma su tiempo pero termina premiando al policía que dispara contra un negro que asusta a los poquitos que disfrutan la riqueza saqueada mediante el Estado. Al que saca los pies del plato, la democracia le manda una bala policial directo al corazón o la cabeza.
El Estado Democrático es una burda máquina de saquear recursos, corriendo a millones de personas a la marginalidad, o lo que es lo mismo a mandarlos a un paredón de fusilamiento contra el que tirarán balas los policías que con cuatro días de pseudoinstrucción salen a la calle con un arma de fuego.
Los legisladores se encargan de normar el saqueo, el gobierno lo ejecuta y la Justicia lo legitima. Si alguien amenaza el sistema, termina en la cárcel o en el cementerio. El precio es barato, unos días de títulos en los diarios y después todo pasa, a los sumo tendrá que renunciar un ministro para que venga otro a hacer lo mismo o peor. Mientras tanto, el establishmen sigue agitando el miedo y bancando al Estado Genocida para no dejar de ser establishmen.
El caso del chico Mauricio Morán, de 14 años, asesinado por una bala de plomo salida del arma de un policía, el viernes en la siesta en el barrio Cuadro Estación, de la localidad Pedriel de Luján, es un ejemplo de lo más patético del sistema. Seis uniformados reprimieron a medio centenar de niños y mujeres a los tiros porque los peligrosísimos delincuentes se llevaban unos pedazos de carbón del tren para calentar sus casas en el invierno. Mataron a Mauricio, hirieron a otro pibe de 13 años y a Raulito, un bebé de menos de dos años de vida. Los seis uniformados, entre los que hay al menos un homicida, fueron dejados en libertad por el fiscal Correa Llanos. Mientras los padres del pibe muerto lloran, los asesinos comen asado con sus familias, en sus casas, si es que no están ocupados matando por otro lado.
Los policías involucrados dijeron que dispararon cuando escucharon tiros. Una flagrante mentira, similar a la que le permitió al cabo Marcial Maldonado dejar la prisión y volver a revistar en la Policía de Mendoza tras fusilar al futbolista Carlos Azcurra en el medio de un partido de fútbol. En ese caso, está filmado el momento en el que el policía le apuntó y le gatilló a cinco metros de distancia al defensor de San Martín, a pesar de lo que el milico declaró que Azcurra se disparó solo al forcejear con él. Otra flagrante mentira, comprobada por las imágenes pero no entendida por la Justicia.
El Estado (todos nosotros, no el Gobierno, la Legislatura y la Justicia solamente) les compra armas y balas a los policías, los convence de que son importantes y respetables, los viste de azul con chaleco para que no los maten, hace de vocero de los que en ese rol se convierten en homicidas y, finalmente, los protege hasta las últimas consecuencias. El mismo Estado (todos nosotros) los mandó a matar, indica cualquier análisis realista. En Mendoza hay pena de muerte desde hace rato. Sin juicio. El que sentencia no tiene toga, sino gorra azul. Bordón, Guardati, Mauricio Morán son casos extremos de la limpieza social que opera el estado mendocino desde hace una pila de años.
El agujero podrido al que mandan a los presos -por matar o fumarse un porro da igual, todos van al mismo infierno- no alcanza. Hay que meter balas, si es un hampón mejor porque incluso habrá condecoración para el que jaló el gatillo. Pero si es un grupo de niños y mujeres o un jugador de fútbol en el medio de un partido con una multitud mirando desde las tribunas también hay que tirar. Es una orden del Estado. Es una locura de todos nosotros.
No hay comentarios. :
Publicar un comentario