José María Arancibia (foto), arzobispo de la Iglesia Católica Apostólica y Romana en Mendoza, salió a defender a los grupos conservadores que maltrataron a la madre de la chicha discapacitada sometida a un aborto en esta provincia.El obispo es un fanático más, mejor: es el jefe de los fanáticos conservadores que exponen a sus hijos, atacan a personas, intimidan a médicos y, en muchos casos no tienen la dignidad de dar la cara. Para eso está el obispo que pone cara de boludo y defiende cualquier barbaridad en el nombre de Dios.
No es una sorpresa ni mucho menos lo de Arancibia en los últimos días. El arzobispo es un gran católico, siempre tiene una escoba para tirar la mugre debajo de la alfombra. A su alrededor, todo brilla reluciente pero huele mal.
En 2001, una chica pobre de San Roque quedó embarazada adentro de una Iglesia. No fue el Espíritu Santo el colocador de los espermatozoides en su cuerpo. Fue el pito –sin forro porque el Vaticano los prohíbe- del cura Armendáriz, de la Parroquia de Palmira, en San Martín, el que disparó la leche hasta el interior de la mujer. El sacerdote sedujo a la muchacha mientras era catequista de la parroquia, siendo menor de edad. Se la cogió tanto como pudo hasta que la menstruación se negó a bajar. Lo primero que sugirió el cura ante la niña –ya tenía 18 años- fue que abortara. Y ante la negativa la respuesta del religioso fue la huída.
Toda la Iglesia lo encubrió, con monseñor Arancibia a la cabeza. El cura sabía que esa chica nunca cogió con nadie más que él, estaba enamorada y él le había prometido dejar la Iglesia para quedarse con ella. No obstante, con la nena embarazada el cura decidió desconocer la paternidad hasta que no la confirmara un estudio de ADN que los abogados que la Iglesia le puso intentaron por todos los medios que no se realizara.
Mientras tanto, la Iglesia trasladó al cura bien lejos del vientre en donde crecía el feto de su hijo por nacer, que es lo mismo que uno de 9, 14 o 25 años, según la Iglesia. Y la chica, con sus padres, sin guita y el corazón roto tuvo que encarar un juicio para que el sacerdote –y el Arzobispado dirigido por Arancibia- reconociera la paternidad. Mejor dicho: para que un juez le diga al cura y a sus empleadores cuánto cuesta mantener a un hijo y los obligue a poner los billetes.
Amor para el hijo no se le puede pedir porque el cura solamente ama a Dios, no va a andar abandonando un amor tan supremo por la consecuencia de una aventura con la negrita de la catequesis. Si al final de cuentas, en un tramo de la disputa judicial los fieles católicos allegados al cura no dudaron en calificarla de “putita buscona” y de responsabilizarla por “arruinarle la vida al padre Armendáriz, que es ¡tan bueno!”. Eso mismo deslizaba el arzobispo y los colegas del cura.
Son los mismos que ahora juzgan y condenan a Ana Rosa Gazzoli, una madre desesperada que cuidó de manera inmejorable a su hija discapacitada durante los 25 años que lleva viviendo y decidió que se le practicara un aborto cuando quedó embarazada producto de una violación. La continuidad del embarazo ponía en serios riesgos la vida de la discapacitada.
En Diario Uno, crónica del fanatismo eclesiástico
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