
En ese esquema no sorprende que en Junín, un pequeño departamento del Este mendocino, hoy por hoy la figura política más importante sea el cura Marcelo Castro, párroco de la iglesia Nuestra Señora del Rosario. Era famoso por tener bajo sus dominios el control de la popular y estratégica capilla de San Cayetano, en Orfila. Ahora el padre se convirtió en el líder del reclamo vecinal contra la inseguridad y fue convocado por los partidos para que medie en la pelea entre el oficialismo y la oposición que generó la crisis institucional que mantiene paralizado al Concejo Deliberante desde que empezó el año.
Sin un plan, sin asesores en seguridad ni miles de pesos para repartir entre asesores y secretarios, el cura interpretó mejor que nadie el estallido de calentura de los vecinos tras la muerte del comerciante Mauricio Itzcovici, de 71 años, mientras era asaltado en su casa. Rápidamente convocó a los fieles de su iglesia con mayor predicamento en la comunidad y organizó a su gusto una marcha de repudio al hecho que al mismo tiempo buscó advertir al Gobierno que la gota rebalsó el vaso.
“Sin consignas, ni identificaciones sectoriales”, fue la primera indicación que siguieron los organizadores de la convocatoria que arrimó a más de mil personas a protestar silenciosamente. Castro primerió a los grupos de derecha y de izquierda y a los punteros de sectores marginales de los partidos que están al salto por sacar provecho de situaciones como la abierta por el violento asalto a una familia tradicional del pueblo. Unos y otros se ordenaron detrás del religioso sin chistar para no quedarse afuera de la movida.
“La Iglesia es el ámbito neutral que la gente está pidiendo”, señaló el sacerdote para justificar su posición dominante frente a la clase política departamental que se mezcló con la gente y prácticamente no levantó la cabeza. Algunos, resignados y confiados en que la faceta dirigencial que está demostrando el padre Marcelo terminará cuando se enfríe el recuerdo de Itzcovici y se institucionalicen algunas medidas que pretenden los vecinos más molestos.
Otros, más cercanos al poder por lo general, masticaban bronca y sacaban cuentas sobre las posibilidades electorales que un cura comprometido y atinado en sus acciones podía tener frente a una clase política devaluada, como la local. Si el obispo Piña frenó la reelección de Rovira en Misiones, contra las preferencias presidenciales y todo; si monseñor Bergoglio es muchas veces el opositor que más preocupa al presidente, por sobre Lavagna, Macri o Carrió; si el Papa Benedicto XVI les dijo a los curas latinoamericanos que habían perdido la capacidad de colonización que hizo de la Católica la religión más importante del continente conquistado; la actitud de Castro está en línea con los tiempos que corren.
Ahí donde la política no da respuestas, habrá un cura al lado de la gente, podría ser la consigna de los últimos tiempos para los sacerdotes. Días atrás, a Marcelo Castro lo habían instruido desde el Arzobispado de Mendoza para que se metiera en el conflicto político que desde el Concejo Deliberante copó todo el ámbito institucional de la comuna. Y desde la oposición del Concejo le pidieron formalmente al cura que intervenga.
El de Junín es un caso para seguir de cerca. La religión católica y la iglesia como institución pesan más que en departamentos más grandes, adonde están más desarrollados los grupos políticos y sindicales que extreman sus posturas ante cada conflicto cerrando las chances de una mediación “ordenada” como la que promueve la Iglesia. Quizás por eso, en Junín, el establishmen de la política acepta gustoso los oficios del párroco, más allá de los resquemores que a algunos les genera.
Ahí adonde la política deja agujeros puede aparecer la Iglesia. No sería enemiga de fuste si la política no dejara tantos agujeros, después de todo, la Iglesia no gobierna, sólo declama, a veces con mucho sentido y a veces llegando afuera del tarro con el chorro.
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