Los radicales duros no quieren someter el futuro del partido a los resultados de una elección interna libre. Los que quieran ser candidatos deben reafirmar que piensan igual que la conducción nacional, por lo que se impedirá que los afiliados elijan si quieren ser oposición o radicales K
Los radicales siempre se jactaron de pertenecer a un partido democrático, de masas y con vocación de poder (esto casi nunca lo demostraron). Además, históricamente confrontaron en reñidas elecciones internas, lo cual instaló en el mundo de la política que los discípulos de Irigoyen gozaban más de la interna que de las elecciones generales. Sin embargo, los dirigentes que heredaron el partido después del desastrozo gobierno de Fernando De La Rúa no están dispuestos ahora a someter el futuro del partido al sentimiento mayoritario de los afiliados.
Directamente avanzaron en la proscripción del sector de los denominados radicales K, encolumnados detrás de la figura de Julio Cobos y sumados al gobierno kirchnerista. En el nombre de la doctrina radical un grupo de dirigentes, encabezados a nivel nacional por Gerardo Morales y en Mendoza por Roberto Iglesias y Ernesto Sanz, han decretado que los afiliados que comulgan con los radicales que se aliaron con el Gobierno nacional no merecen estar en el partido. No importa cuántos sean. Por más que de ese lado se enrolen más radicales que detrás de Morales y compañía, la opinión de ese grupo no cuenta.
Con esta sentencia sin apelación posible, los radicales duros demuestran que no están seguros de contar con el apoyo mayoritario de las bases partidarias. De lo contrario, someterían la decisión a los afiliados y acatarían el dictado de las urnas sea favorable o no.
En el fondo, los radicales duros saben que su cuota de poder está en el Congreso, desde donde lanzan dardos por los medios hacia varios frentes: el gobierno, los radicales K y Roberto Lavagna, son los blancos elegidos de los últimos tiempos. Lo de Lavagna es revelador, hace cuatro meses los radicales duros lo llevaban de candidato a presidente, con Morales como vice, sin haber sometido esa decisión al voto de los afiliados. Pasadas las elecciones, la alianza con Lavagna explotó. En los comicios la población les dio la espalda, tanto a Lavagna como a los radicales duros. Quedaron terceros, atrás de Elisa Carrió, otra dirigente radical expulsada por la estructura. Es decir, la existencia de la Unión Cívica Radical sólo se nota en los discursos testimoniales durante algunas sesiones, principalmente en el Senado, y en los medios opositores que usan a las lenguas más afiladas del partido para caerle al Gobierno.
Por lo demás, la mayoría de los radicales que encabezan algún Ejecutivo, ya sea provincial o municipal, que pueden dar muestra de gestión -para bien o para mal- están enrolados en el sector liderado por el vicepresidente Cobos. Estos tampoco legitimaron su postura en una interna, aunque desde que tomaron la senda del kirchnerismo desafiaron al sector duro a medirse en las urnas. En provincias adonde seguramente los afiliados iban a imponer al radicalismo K, como en Mendoza, el partido fue intervenido. Es decir, en el nombre de la doctrina partidaria se abortó el mecanismo democrático establecido para seleccionar la conducción partidaria y el camino a transitar por la fuerza de cara al futuro. Sin internas, los administradores del centenario sello de la UCR crucificaron a los que tomaron el camino K y se protegieron bajo el paraguas de Lavagna, quien ya se los cerró para volver derrotado al peronismo de Néstor Kirchner.
Morales, Sanz, Iglesias y los dirigentes del denominado radicalismo duro podrán seguir controlando las llaves de los comités, el sello partidario, los colores y las banderas. No obstante, se perderán la posibilidad de legitimarse como cabezas de un partido de masas que quiere ser opción de poder frente al peronismo o de caer en la realidad de que ni los afiliados radicales sustentan su postura, según resultara de una interna amplia que, ya anunciaron, no darán.
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