Armando Calletti, ministro de Salud de Mendoza, hizo en los últimos días todo bien. Estuvo bajo una gran presión por la situación generada a partir de que Ana Rosa Gazzoli pidió un aborto para Claudia, su hija discapacitada de 25 años que quedó embarazada producto de una violación.Calletti fue el artífice principal de que todo se resolviera en tiempo récord, a pesar de las interferencias inadmisibles de grupos católicos conservadores y de las dudas que tuvo el gobernador Julio Cobos en un tramo del desenlace de la cuestión. Caletti mantuvo firme su decisión: "El sistema público de Salud garantizará la realización de la intervención", dijo desde el principio y, finalmente, cumplió.
Por la complejidad del caso, por las reacciones que generó, por las dificultades judiciales y extrajudiciales que se presentaron y el impresionante impacto mediático que tuvo a nivel nacional e internacional, con su actuación Calletti demostró gran capacidad para ocupar el cargo que ostenta. A la postre, el ministro mendocino fue apoyado por todos sus pares provinciales y el pope nacional de Salud, Ginés González García.
Ahora hay que discutir la definitiva descriminalización de las prácticas abortivas. Esa decisión debe reservarse a la conciencia de la madre que debe enfrentar 9 meses de embarazo. Nadie más sabe qué se debe hacer, entonces, nadie másdebería opinar sobre el camino elegido por la mujer embarazada. Ni siquiera los que se dicen representantes de Dios en la tierra. La Iglesia puede excomulgar a una mujer que aborta, al médico que hace ese tipo de prácticas y a los abogados que los defienden, lo que no se puede permitir es que es código penal se inspire en preceptos religiosos.
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