martes, 27 de octubre de 2009

Corre Néstor, corre

-¿Viene el compañero Kirchner?- me preguntó un viejo amigo por teléfono ayer mas o menos a la una de la tarde.



-Creo que no, está el rumor instalado, me dijeron que lo agitan desde Carta Abierta (agrupación de intelectuales que respaldan al kirchnerismo), vos tendrías que saber mejor que yo, acá el ultra K sos vos- le contesté después de haber confirmado que Celso Jaque no sabía nada de la visita. Aunque a muchos les parezca que el gobernador no se entera de nada, una visita de Néstor Kirchner no es nada.



-Están mandando cadenas de mail y mensajes que dicen que viene, de acá ya salieron algunos compañeros a tomar el micro. Aunque parezca increíble hay algunos más kirchneristas que yo, somos muchos carajo, más de los que parece... Yo me quiero ir pero te llamaba antes para estar más seguro, no me voy a hacer el viaje y pagar el pasaje al pedo porque capaz que estos (por Carta Abierta) han tirado el rumor para juntar gente- reflexionó mi amigo, que estaba en San Martín con un grupo de militantes que envidiaban a los compañeros que ya habían viajado a encontrarse con el líder.



El viaje de Kirchner a Mendoza para participar en la entrega de premios de una ONG que se concretó ayer en la Biblioteca San Martín tenía tanto de cierto como la declaración jurada de Luis Barrionuevo.



Pero el blef dejó anécdotas como la que me tocó en carne propia. Anécdotas que no hacen otra cosa que demostrar por qué el ex presidente actúa de la manera que lo hace. Por qué no se puede quedar quieto, aún corriendo todos los riesgos que implican sus movimientos dirigidos a dominar la agenda nacional.



Néstor corre para adelante arrastrado por la necesidad de resguardar poder para que Cristina Fernández se sostenga en el gobierno contra todos los frentes opositores que se proyectan hacia el 2011 sin muchos más argumentos que la demonización del kirchnerismo, una estrategia que hoy garantiza un piso tan alto de rentabilidad electoral como la que ofrecía en el segundo tramo del menemismo, bien capitalizada entonces por la Alianza.



Como aquella vez, las denuncias de corrupción y el fantasma de la perpetuación en el poder a costa de la institucionalidad llenan el discurso de la oposición y justifican el desprecio por todo lo que produzca el gobierno. Con el tablero así planteado, todo depende de Néstor Kirchner. De lo que él genere resultará la reconstrucción del poder perdido desde la guerra del campo o la caída definitiva del kirchnerismo.



Por eso Kirchner corre arrastrando lo que encuentra en el camino, sin reparar en las heridas que producen sus atropellos. Asumir posturas políticamente correctas a la oposición le rinde.



Al ex presidente eso no le importa, a esta altura nada de lo que haga lo reconciliará con quienes anhelan verlo despojado de poder, condenado en una cárcel.



A matar o morir, Néstor enfrenta una guerra con el campo, los medios, la iglesia, los economistas liberales que auditan la política a través de consultoras condicionadas por los intereses de sus clientes, los peronistas no kirchneristas -desde los menemistas y duhaldistas, pasando por los feudalistas como Rodríguez Saá y Romero, hasta los neojusticialistas, como De Narváez y los macristas-, los radicales, los militares, los carriotistas, los cobistas y hasta el mediático rabino Bergman, entre la multitud que se anota en la lista de enemigos irreconciliables.



Kirchner se tiene que mover para conformar a los grupos sociales, de izquierda y de derechos humanos que lo sostienen como la esperanza frente a lo que consideran lo peor de la Argentina. Su discurso fortalece la militancia en este segmento, su verba belicosa teledirigida al campo, a la iglesia, al menemismo y especialmente a los asesinos y torturadores de la dictadura, estimulan el fervor entre este grupo de seguidores.



En cambio, para los intendentes pejotistas del conurbano, a los que también va a necesitar de acá a las elecciones de 2011, no hacen falta discursos izquierdistas ni acalaradas condenas a la violación de los derechos humanos. Para los caciques bonaerenses, como para la CGT y el sindicalismo kirchnerista, le alcanza con agitar su candidatura y sostener un flujo de fondos que justifique la asociación.